Clara despertó con el cuerpo entumecido y la mente nublada. La lluvia había cesado, pero el aire seguía espeso, como si la casa aún respirara en su propio ritmo. El reloj del vestíbulo seguía detenido. 2:17. Siempre 2:17.
Bajó a la cocina buscando café, o al menos algo que la conectara con el presente. Mientras rebuscaba entre frascos antiguos y latas oxidadas, oyó pasos sobre el entarimado del piso de arriba. Se detuvieron apenas ella dejó de moverse.
- Son solo los cimientos - se dijo en voz alta - . O el viento.
Pero la casa no crujía como una estructura vieja. Se quejaba, como si recordara.
Ese mediodía, salió a recorrer el pueblo. Santa Lucía no había cambiado tanto desde su infancia: las mismas calles empedradas, la misma bruma persistente, y los mismos ojos observándola desde detrás de las cortinas. En la tienda de abarrotes, una anciana con delantal bordado se le quedó mirando con una expresión difícil de definir.
- Usted es la nieta de Rosalía, ¿verdad?
- Sí. Soy Clara Montenegro.
La mujer asintió lentamente, pero no sonrió.
- Dios la guarde, niña. Su abuela… tenía dones. Dones que a veces no vienen de lo alto.
Antes de que Clara pudiera responder, la mujer se dio media vuelta y desapareció entre los estantes. Clara regresó a la casona con una mezcla de fastidio y desconcierto. Se sentía fuera de lugar, como si hubiera entrado en una historia que todos conocían excepto ella.
Esa tarde, mientras revisaba documentos en la biblioteca, encontró una caja de madera sin llave. Dentro, había cartas amarillentas y cuadernos antiguos. Muchas páginas estaban escritas con caligrafía fuerte, en tinta azul. Palabras tachadas, frases incompletas, fragmentos como:
"No se debe mirar cuando el espejo llama."
"El reflejo no siempre es tuyo."
"Ella me lo pidió… pero yo no lo hice. Aún."
Clara cerró el cuaderno con un escalofrío. En ese instante, algo crujió arriba, en la habitación de Rosalía. Un golpe seco. Como si algo hubiese caído.
Subió lentamente, peldaño a peldaño, hasta llegar a la puerta. Todo estaba en silencio… hasta que lo vio.
La sábana negra que cubría el espejo ahora yacía en el suelo. El marco dorado relucía bajo la tenue luz del atardecer. Y el cristal…
Clara dio un paso atrás. El espejo no reflejaba la habitación como era. Las cortinas se movían con un viento que no existía. El retrato de Rosalía en la cómoda estaba ladeado. Y, en medio del cuarto reflejado, una figura la observaba.
Una figura que no estaba allí.
Cerró la puerta con fuerza y retrocedió hasta el pasillo. Su respiración era rápida, entrecortada. Buscó explicación. Razonamiento. Pero algo dentro de ella sabía que el espejo nunca había estado dormido. Solo… esperando.
Esa noche, al intentar dormir, creyó oír el sonido de uñas arañando madera.
Muy despacio.
Muy cerca.

