Capítulo 1: Presagio en el Viento
El cielo tenía un color morado, como una contusión, un lienzo feo salpicado de venas amarillas ardientes. Silas, dueño, jefe y único empleado del "Dust Devil Motel," batallaba en el porche desgastado, escupiendo en las ráfagas de viento que aumentaban en furia. La ráfaga de viento estaba llena de un olor a ozono y polvo, quemándole la garganta como una pesadilla que salió mal. Había visto a través de tormentas para llegar aquí y volver a casa, pero esto. Esto era diferente.
Golpeó el ala de su sucio y desgastado sombrero de vaquero en un último esfuerzo por desalojar el polvo que los torbellinos que jugueteaban en el suelo seco habían traído. El Motel Dust Devil era una miseria: cuatro pequeñas habitaciones sucias arriba de un bar mugriento impregnado de whisky rancio y sueños destrozados. Era el único hilo de civilización en kilómetros a la redonda, apretujado en un pequeño cuenco árido entre los restos de Old Mesa y el ostentoso horizonte donde se movían los vagabundos de metal.
Escupió un halo de tabaco en el polvo. "No va a ser bueno," murmuró, pero su murmullo se ahogó en el grito creciente del vendaval. Esto no era lluvia. Esto era una tempestad que traía secretos, sacudía los huesos de la vieja ciudad y chillaba en el viento.
Un borrón de movimiento llamó su atención. A lo lejos, un solo faro brillaba a través de la oscuridad a una velocidad aterradora. Algún tipo en algún de motocicleta, no se veía como las destrozadas y desaliñadas motos de dos ruedas que usaban los buscadores de chatarra, sino algo negro y vil, una maravilla tecnológica saqueada de una fábrica de la posguerra.
Silas se levantó y se quedó allí, con el estómago revuelto. Esta tormenta estaba trayendo todo tipo de individuos. Había borrachos, alborotadores y personas necesitadas.
La motocicleta rugía más cerca, una nube de polvo y la noche que se acercaba. El cielo negro moviéndose en círculos amenazantes, como si el motociclista estuviera convocando la tormenta. Silas permaneció inmóvil pensando que el motociclista seguiría su camino, pero en un instante la motocicleta giró a la izquierda, esparciendo grava con los neumáticos, dirigiéndose al Dust Devil Motel.
Capítulo 2: Agua y Cicatrices
La campana de la perta sonó, oxidada y desafinada, un extraño estaba en la puerta llamando. Silas, cuyas arrugas contenían siglos de historias, estaba limpiando el mostrador con un trapo. El hombre estaba tan sin afeitar y despeinado como un roble retorcido, marcado por las líneas de una vida amarga e infeliz. Cincuenta y tantos, su rostro curtido y desgastado, sazonado por el mundo. El polvo cubría su chaqueta de cuero desgastada y los jeans de mezclilla seca, como si estuvieran momificados por la propia tierra.
El extraño se apoyó en el umbral, limpiando el polvo de su ropa. Silas con una voz de autoridad. "No importa." Esto es una caja de polvo, no vale la pena limpiarse”.
El hombre gruñó bruscamente, sus ojos escaneando el bar. Se movió cansadamente y con suavidad sobre un taburete en la barra.
"¿Qué va a ser?". Pregunto Silas con una voz áspera.
Los ojos del extraño se encontraron con los de Silas; sus ojos eran de un gris acero en la luz que se desvanecía. "Agua, solo agua."
Silas miró hacia arriba, pero se contuvo, sirviendo un vaso de una jarra de hierro. El agua era densa y cálida. Silas no juzgaría a un hombre por lo que bebía en un lugar como este.
El extraño bebió a grandes tragos, la manzana de Adán sobresaliendo. Y volvió a mirar a Silas con furia, con los ojos hundidos.
"¿Tienes una habitación?"
Silas se apoyó en la barra, sus ojos mirando hacia abajo. "Tengo una. Pero te va costar un ojo de la cara esta tarde.
Los ojos del extraño se volvieron fríos. "¿Por qué?"
"Se avecina una tormenta," le dijo Silas, torciendo los labios en una sonrisa.
El extraño lo miró eternamente antes de soltar un suspiro. “Habitación, comida y agua todo incluido...”
Silas sonrió. "Trato. Veinte “piezas”. Las “piezas” eran la moneda del desierto: trozos de metal recuperado, alambre, cualquier cosa que sirviera o pudiera ser revendida.
El extraño metió la mano en su chaqueta y sacó una bolsa de pedazos de metal, contó los trozos sobre la barra.
"Los baños están al fondo," Silas gesticuló, asintiendo hacia una puerta trasera en la parte trasera del bar. "Es un baño público. La vieja Maisie se encarga. Ella lo administra."
El extraño asintió, tomando la llave que Silas le extendía. Se levanto lentamente, sus articulaciones crujiendo. Comenzó a caminar hacia la puerta de atrás, cuando un rayo cayó sobre el edificio y las ventanas temblaron.
Silas se sentó, un nudo en el estómago. Sabía que esta tormenta iba a desatar problemas.
"Sí," gruñó Silas contra el frío concreto del bar. "Va a haber problemas, claro que sí,"
Capítulo 3: El Baño Público
El balneario estaba a un minuto caminado, una cosa encorvada y demacrada que apestaba a desinfectantes y vapor. Allí estaba Maisie, su rostro, un mapa de arrugas cuya edad no consideraba apropiado revelar.
El extraño entró, la tormenta justo atrás de el. La cabeza de Maisie se levantó de golpe mirando con ojos sospechosos.
"Silas me envió," dijo el extraño, su voz resonando en la sala de vapor. "Me dijo que podía usar el baño."
Maisie asintió, mirando su rostro. "Cinco “piezas” para el baño, dos para lavar la ropa. Es un buen precio, especialmente con la tormenta que viene."
La respuesta fue un gruñido. Maisie le entregó un gran trozo de jabón áspero y dos toallas. "La regadera está en la parte de atrás. Hay un carro de lavandería frente a la puerta del baño. Pon tu ropa allí. Puedes sentarte en las piscinas termales mientras esperas."
El extraño gruñó una vez más, aceptando el jabón y las toallas.
El extraño se quitó la ropa al entrar al baño, los ojos agudos de Maisie se posaron en el salvaje retazo de heridas estriadas a lo largo de su espalda y brazos, una topografía de violencia inscrita en su piel. Algunas cicatrices, blancas y muy viejas. Algunas otras eran marcas rojas de furia reciente que destacan contra su piel.
Un segundo rugido de trueno sacudió el aire. "Va a ser una tormenta mala," dijo Maisie, su voz casi ahogada por el viento aullante.
Empujo el carrito de la ropa hacia la lavandería. Se sentía más pesado de lo que había anticipado, más pesado de lo que había imaginado basado en el físico del extraño. Ella lo atribuía al grueso peso de la mezclilla y la suciedad que estaba incrustada en la tela de cada pliegue.
Bajo la ducha, en agua hirviendo, el extraño se quedó bajo el chorro, para que se lavara el polvo, la mugre. Cerró los ojos y se estrelló con fuerza contra los azulejos.
Recordó las ráfagas de viento soplando en su cabello, la adrenalina recorriendo sus venas mientras corría de la tempestad.
Pasaron unos minutos, y se acercó a una de las piscinas, agua caliente y medicinal. Se sentó, con la barbilla en las rodillas, y se envolvió la cabeza con una toalla.
"Solo un poco de descanso," jadeó, con la voz apenas más alta que el retumbar de la tormenta allá en el horizonte. "Solo un poco…"
Capítulo 4: Secretos en el Vapor
El tiempo pasó. La calidez del agua, el golpe de la lluvia en el techo, lo envolvió en una visión parcial borrosa. Un recuerdo destrozado, una memoria rota, de un destello del pasado. Rostros muertos, hombres gritando mientras mueren, el amargo sabor metálico de la sangre en sus labios.
Reprimió esos recuerdos, poniéndolos muy adentro en el fondo de su mente. No podía dormir. todavía no podía descansar.
Una voz que lo despertó. "¡Tu ropa está lista!" Maisie abriendo la puerta del cuarto de baño.
Se levanto un poco y golpeó su cabeza para despejar la niebla de ella. Él podía sentirla al otro lado del cristal esmerilado, era una sombra contra la luz de colores.
Nadó hacia el otro lado y salió de la piscina, secándose con una toalla y asegurando que la toalla este bien sujeta alrededor de su cuerpo. Ahora se sentía un poco mejor, el agua caliente había relajado y calentado parte de la agonía de su cuerpo golpeado.
Caminó hacia la puerta, cambiándose a su ropa limpia. La ropa se sentía ajustada y rígida, pero limpia.
Mientras caminada hacia la salida, Maisie estaba parada detrás del escritorio. "No había visto alguien que disfrutara tanto del baño como tú," gruñó, su voz estaba en un tono bajo.
"Había pasado mucho tiempo desde la última vez," respondió el.
Mientras salía del edificio. Ella lo miraba con desdén, sus ojos cazadores llenos de sospecha.
Al marcharse, no pudo evitar notar que había visto antiguas heridas en su cuerpo. Un secreto en sus ojos, una fatiga que atestiguaba un pasado amargo y reprimido. Y su ropa, era tan pesada, como si algo más pesado que el barro y el agua las hubiera arrastrado.
Afuera, la tempestad rugía con viento y lluvia. La oscuridad rodeaba el exterior del Dust Devil Motel. Maisie se cubrió con una manta desgastada, temblando. En lo más profundo de sus huesos, estaba segura de que el extraño había convocado algo más que polvo. Ese extraño había conjurado la tormenta misma, una tormenta que los consumiría a todos.
Capítulo 5: Presagio de la Tormenta
La puerta se cerró de golpe, su sonido devorado por el repentino y salvaje inicio de la tormenta. El relámpago rasgó los cielos, iluminando el destartalado motel por un instante antes de sumergirlo de nuevo en la oscuridad. El trueno que siguió fue una fuerza palpable, sacudiendo los cimientos del edificio, una promesa del caos que desataría.
En la taberna tenuemente iluminada, un murmullo de conversación zumbaba, un bajo retumbar de charlas indescifrables provocadas por el whisky barato y el aburrimiento. El aire estaba impregnado con el olor a cerveza rancia y desesperación. En este escenario, el extraño entró solo, una anomalía entre los rostros cansados y las almas magulladas.
Se movía con una confianza silenciosa, un cambio sutil en la atmósfera. El extraño subió las crujientes escaleras de madera, sus pesadas botas resonando contra las tablas desgastadas. Llegó a una habitación en el segundo piso, un refugio temporal de la tormenta. Se despojó de su equipo con prisa, una pesada chaqueta de cuero y un casco de estilo futurista que hablaba de una vida vivida al borde de la civilización.
Se dirigió de nuevo al bar, con intención evidente. Se acercó al dueño, un hombre delgado con ojos cansados y una ceja permanentemente fruncida en su rostro.
"Comida y agua, por favor," gruñó el extraño, su voz un bajo rugido que apenas se escuchaba por encima del ruido.
El dueño gruñó, señalando con una mano hacia una mesa en la esquina. "Sírvanse el guiso. El agua está en la parte de atrás. Y una cosa más," dijo, afilando su tono. "No se permiten las armas en las salas comunes."
El extraño dudó, sus ojos inquebrantables. "No tengo ninguna arma."
Como si fuera una respuesta, otro rayo atravesó el cielo, iluminando la habitación con una luz azul sobrenatural. Las luces parpadearon salvajemente, como si también se rindieran ante la oscuridad. Un trueno ensordecedor respondió, sacudiendo las ventanas y haciendo temblar el edificio. Todos los ojos en el bar se volvieron hacia el extraño.
Sin prestar atención a la mirada de los demás, tomó un plato lleno de guiso y una gran taza de agua con un borde astillado. Se dio la vuelta y se dirigió a una mesa en la esquina del bar, sus movimientos lentos y calculados.
Capítulo 6: Los ecos de la uniformidad
El guiso no tenía sabor, el agua sabía a óxido, pero el extraño comía con una pericia económica. No había comido en días. Mientras comía, tres jóvenes, inquietantemente parecidos, se acercaron a su mesa. Se movían en una unidad sincronizada, con rasgos insípidos e imperceptibles.
"¿Qué quieres, extraño?" preguntó el primero, su voz un zumbido monótono.
El extraño no le respondió, simplemente siguió comiendo.
"Es muy grosero ignorarnos," dijo el segundo, su tono reflejando el del primero.
"Eso puede causar problemas," contribuyó el primero, una amenaza escondida, en tonos de cortesía.
El extraño finalmente levantó la cabeza, sus ojos gris tormenta los escanearon con una repugnancia apenas disimulada. Volvió a comer, su silencio un rechazo amplificado.
"Notamos tu motocicleta afuera," añadió el tercero, su voz tan impersonal como la de los otros.
"¿Quieres venderla? Mi jefe tiene mucho dinero. Podemos pagar un buen precio."
De nuevo, el extraño no respondió. Las preguntas continuaron, un flujo constante de interrogantes sobre su lugar de origen, su destino previsto y el motivo de su viaje. Los ignoró a todos hasta que terminó el último bocado del guiso.
Levantándose, el extraño habló al fin, su voz un bajo y vibrante gruñido. "Busco algunos amigos. Montamos juntos una vez, pero nos separamos.” Guardo silencio por un momento, sus ojos apagados. "Y la motocicleta no está en venta."
Al levantarse, los jóvenes finalmente parecieron comprender la magnitud de él. Se alzaba sobre ellos, claramente siete pies de altura. Aunque parecía delgado, su complexión exudaba un aura de poder que insinuaba una fuerza oculta, como un depredador esperando su momento para atacar.
Regresó al bar, pidiéndole al dueño que le diera otra taza de agua. Luego, hizo un gesto hacia las áreas oscuras de la habitación. "¿Dónde puedo encontrar información? Estoy buscando a unos amigos.”
Un hombre enorme y brutal, un tipo crudo con la mitad de su cuerpo un remiendo de metal y carne, mecánica injertada en su marco orgánico, se sentó junto a él. Cables recorrían su carne, y trozos de acero sobresalían de sus brazos y piernas.
"Extraño," bramó el hombre aumentado, su voz un gruñido distorsionado. "Parece que no eres muy educado. Mis amigos te hicieron preguntas, y no respondiste.”
El extraño desvió su atención hacia él, una evaluación lenta y calculadora. Examinó el rostro del hombre y luego, con una terrible realización, hizo las conexiones. El metal retorcido, los ojos vacíos, la voz monótona - todo conducía a un solo hecho espantoso.
"Clones," pensó, su voz un susurro inaudible en la tempestad.
Capítulo 7: El Despertar de Mictly
El hombre aumentado infló el pecho, su corazón mecánico zumbando notablemente. "Soy yo quien dirige esta ciudad. Nada ocurre sin mi conocimiento o permiso.”
El extraño devolvió la mirada. "Solo estoy de paso, buscando refugio de la tormenta.” Un relámpago iluminó la habitación y se escuchó un estruendoso trueno. "Pero creo que he encontrado lo que buscaba."
Los ojos del hombre aumentado se entrecerraron, y examinó al extraño con renovada intensidad. Una chispa de reconocimiento, seguida de un creciente horror, contorsionó su rostro.
"Eres tú," tartamudeó, con la voz temblorosa. "No puede ser. Deberías estar muerto. ¿Quién eres?” Empezó a retroceder, sus extremidades aumentadas raspando contra el suelo.
La voz del extraño era un gruñido bajo y ominoso. "Mi nombre es Mictly, y estoy aquí para llevarte al infierno para que pagues por lo que tú y tus compañeros le hicieron a mi familia, te enviaré al infierno."
El hombre aumentado lanzó un grito penetrante. "¡Deténganlo! ¡Mátenlo!”
Como un solo cuerpo – cada clon, cada rostro alterado – se giró. El zumbido apagado de sus voces se convirtió en un gruñido gutural. Se movían en una sincronicidad inquietante, como marionetas en un hilo controladas por una voluntad malévola.
El extraño retrocedió, con la adrenalina bombeando por sus venas. "¡Estúpidos clones!" gritó, "¡No podrán detenerme!"
Los clones atacaron, una ola de rasgos idénticos y metal retorcido. Se abrió paso entre ellos, sus puños un borrón de movimiento. Golpeó con una brutalidad eficiente, los clones estrellándose por toda la habitación, sus cuerpos aumentados chocando contra las mesas y haciendo que las botellas se rompieran. La sangre salpicaba las paredes, pintando el bar con un macabro mosaico de violencia.
Sin embargo, seguían llegando, una ola interminable de clones. El extraño luchaba con una ferocidad nacida de la rabia y la desesperación, pero la cantidad era abrumadora. Abruptamente, una ráfaga ensordecedora de disparos resonó desde la parte trasera de la sala. Un hombre gigante, aún más grande que el extraño, se perfilaba en la puerta, sosteniendo en sus manos dos enormes ametralladoras. Abrió fuego, ametrallando a los clones que rodeaban al extraño con balas.
Las luces se atenuaron y se apagaron, dejando el bar en total oscuridad. La única luz era la de los destellos de los cañones. La noche realmente había comenzado.
Capítulo 8: Gritos y Silencio
El tiroteo había cesado, y el aire colgaba denso con un silencio asfixiante. Un silencio tan denso como un objeto, un objeto contra los tímpanos de Elias, su propio corazón latiendo en sus oídos. Elias se movía a través de la oscuridad del bar, su propia casa de los horrores llena de los cuerpos destrozados de sus clones.
Había perdido la cuenta. ¿Veinte? ¿Treinta? Todos con su cara, todos eran desechables para el hombre que había desatado este infierno.
Elias avanzó en el paisaje retorcido con una determinación sombría, sus botas secando el suelo. Tenía que saberlo con certeza.
Y solo cuando pensó que todos estaban muertos, salió una mano de debajo de un montón de cuerpos sin vida. Se movió a una velocidad imposible, con un salvajismo y precisión impresionante. Elias no tuvo la oportunidad de moverse la mano agarro su rostro, enterrando sus dedos en la carne, los pulgares en los ojos.
Un aullido como el de un lobo estalló de la garganta de Elias, un bramido de dolor abrasador como si se reflejara en la frialdad de un pesado silencio. Segundos después nada.
El sabor amargo de su propia sangre en su cara, en sus fosas nasales. Fuera, en la calle, las primeras gotas pesadas de la lluvia acababan de comenzar a caer.
Mictly tambaleó hacia la puerta rasgada del salón, la puerta un umbral de calle medio inflada y empapada en la inmundicia nocturna. Y entonces recordó que al menos dos balas alcanzaron su cuerpo. Un dolor ardiente y desgarrador en su vientre. La respiración dolía.
Y mientras tambaleaba hacia la calle, la lluvia se convirtió en un diluvio. Un destello de luz, ilumino la desolada escena por un segundo y un intenso dolor lo atravesó instantáneamente. Cayó sobre sus rodillas, sus brazos abrazando su pecho, su mano honda en una herida irregular. La sangre caliente brotó, lubricando sus palmas y la acera sucia.
Una risa victoriosa y enfadada resonó en la noche. "Te tengo ahora, hijo de puta. Mataste a mis hermanos, pero ahora estás acabado. ¡Muere!
Mictly tosió, sus labios ensangrentados. Busco en el bolsillo y sacó una fotografía doblada. Una mujer con ojos suaves y una sonrisa suave le sonrió. Tres bebés, acurrucadas en sus brazos, sonriendo a la cámara. Su familia.
Se inclinó hacia ellos y extendió un dedo tembloroso para tocar sus rostros, su propia cara retorcida en una sonrisa espantosa. "Creo que es hora de que vuelva con ustedes," luchó a través de la cacofonía de la lluvia. "Las extraño tanto."
Sus labios espumaban sangre mientras intentaba hablar. "Hice lo mejor que pude. Las extraño tanto.”
La figura del gigante emergió de la oscuridad, una silueta de un gigante iluminada por la luz de neón del letrero del motel. El hombre se rió de nuevo, una risa que se extendía hacia el olvido.
La visión de Mictly comenzó a desvanecerse. Su corazón latía cada vez más lento, cada latido era como un golpe como en un tambor bajo con un ritmo cansado. Su boca estaba fría llena del sabor metálico de la sangre.
Y luego, nada. Bendita oscuridad.
¿Qué es esto; color? Pero no el color estéril del pueblo, sino un color rico y cálido que no había visto en años.
“Finalmente, estoy a tu lado una vez más”.
Entonces, una voz. Una voz suave pero urgente. "Aún no. Debes encontrarlas. Tienes que salvarlas."
Un recuerdo lo invadió. Tres niñas pequeñas, ahora mujeres adultas, riendo en un jardín soleado, sus risas resonando en el aire.
La voz una vez más, insistente. "Sálvalas."
Un relámpago cayó del cielo golpeando a Miclty. Seguido de un trueno que estalló en la tierra y lo trajo de vuelta a la conciencia.
El hombre gigante se acercaba a él, riendo maniáticamente “Ni el cielo te perdona”.
El hombre gigante de pie enfrente de él tenía su gran mano cerrada alrededor de su garganta y comienza a apretar mientras lo levanta del suelo, no podía respirar, lo estaban ahorcando.
"¡Otro más caído!" rugió el hombre, su propia voz burlona.
De repente, un sonido diferente. Un sonido que no tenía sentido. Un sonido rítmico. ¿Un latido?
La adrenalina inundó a Mictly, una ola de poder animal crudo. Motivado por instinto puro, golpeó con los puños la cara del gigante, con los pulgares hundidos en las áreas carnosas alrededor de sus ojos.
El gigante gritó de dolor, dejándolo caer.
Mictly estaba de pie, su cuerpo gritando de dolor en protesta. Golpeó al gigante, puños llenos de dolor y pérdida. La risa de sus hijas, los brazos reconfortantes de su esposa, los abrazos de sus pequeñas apretado contra él, giraban en su cabeza.
Y luego el horrendo dolor, los gritos, el rostro ensangrentado de su esposa, las habitaciones vacías. Todo había sido robado en un momento.
Se lanzó sobre el gigante, cada golpe, un recordatorio de su vida destrozada.
Y el gigante cayó al fin, una figura más sin vida en la calle mugrienta.
Mictly se quedó de pie sobre él, el pecho subiendo y bajando, la lluvia enjuagando la sangre de su rostro. Allí se quedó y dejó que la lluvia enjuagara la sangre de su cuerpo sus heridas sanaron como si nada hubiera pasado. Le dolía, estaba de luto, pero eso se olvidó como el viento. Las cicatrices permanecían, profundas, irregulares recordatorios de las batallas que había librado, de la familia que había sido destruida.
Mictly se dio la vuelte y comenzó a caminar, dejando detrás solo cuerpos sin vida. Los edificios a su alrededor comenzaron a llenarse de llamas, en pocos minutos el pueblo entero se había convertido en un infierno, que reflejaba el furia de su alma.
Capítulo 9: Presagios y Cenizas
A kilómetros de distancia, Marcus veía el canal de noticias en su pantalla. Un pequeño pueblo, poco más grande que un punto en el mapa, estaba en llamas. La cámara recorrió los edificios carbonizados, y no había nada más.
"Un incendio en el pueblo de Dust Devil," dijo el presentador de noticias con una tristeza ensayada, "Un incendio mató a todos los habitantes del pueblo de Dust Devil, consumiéndolo todo. Las autoridades investigan los hechos, pero todo parece indicar un accidente"
Marcus gruñó. "Mal día para todos nosotros," gruñó, todavía encorvado sobre la pantalla.
Salió de su tienda, una pequeña tienda llena de relojes y baratijas inútiles de antaño. El aire estaba denso y caliente, con un silencio antinatural. Miró hacia el cielo, una gran masa de nubes negras se veía en el horizonte. Y bajo ellas una motocicleta moviéndose a gran velocidad.
Se acercaba una tormenta.



