Otro de esos extraños relatos que se me ocurren mientras camino por las calles de la ciudad… Cualquier día voy a darme de morros con una farola.
Por cierto, mis libros siguen aguardándoles en las estanterías polvorientas de Amazon. Las arañas ya han empezado a anidar en ellos, pero no me importa. El veneno que contienen es mortal… e imperecedero.
Madrugadas
Después de trabajar durante diez largos años bajo las órdenes de Lord Canabal, me vi obligado a asistir a su entierro. A las austeras exequias del aristócrata solo acudimos su anciano mayordomo, la decrépita ama de llaves, el cura y un servidor.
Tras la ceremonia, me correspondió la ingrata tarea de entrar en su lúgubre despacho en busca del testamento. Aunque eran ya las doce del mediodía, las gruesas cortinas que cubrían los ventanales apenas dejaban filtrar un tenue resquicio de luz.
En el documento se gratificaba a sus fieles servidores, incluyéndome a mí, con diez mil libras esterlinas a cada uno. El resto de su fortuna debía ser entregado a la beneficencia y sus numerosas propiedades —incluido el castillo— al Estado. Demostró así ser un altruista ejemplar, aunque me apenó que no tuviera familiar alguno al que legar sus bienes.
De figura enjuta y aire siniestro, Lord Canabal había vivido siempre confinado entre sombras. Jamás lo vi pasear por el frondoso y descuidado jardín del castillo donde morábamos su reducido séquito y yo.
Mientras inspeccionaba los cajones, recordé el momento de mi contratación. El excéntrico noble quiso asegurarse de que había comprendido bien mis obligaciones como su secretario personal:
—Nunca, y quiero decir nunca, debe usted molestarme antes de las once de la mañana. Me da igual el motivo, ni siquiera si el castillo está en llamas. ¿Lo comprende?
Asentí. Necesitaba el empleo y aquella disposición no era difícil de cumplir. Es más, me permitiría disfrutar de parte de las mañanas a mi antojo. A continuación, escribió una anotación en una tarjeta sellada con su escudo de armas y me la entregó, indicando:
—Con esta nota podrá encargarse unos trajes nuevos en la sastrería. En cuanto a su sueldo, será ingresado puntualmente en una cuenta del Bank of London.
Me adapté rápidamente a la vida en el castillo. El mayordomo se encargaba de atenderlo físicamente y el ama de llaves no salía de la cocina. Mis tareas consistían en revisar y redactar la correspondencia, verificar los libros de cuentas y poco más. Un par de veces al mes viajaba a Londres para gestionar algunos asuntos con sus abogados. Nadie visitaba a Lord Canabal; a mi entender, era un individuo solitario y hermético.
En el mismo lugar donde hallé el testamento, había un libro polvoriento que, hasta entonces, me había pasado desapercibido. Como no tenía prisa —los abogados londinenses podían esperar—, me acomodé en su desvencijado sillón y abrí la extraña obra. En lugar de una publicación, encontré un montón de anotaciones manuscritas, acompañadas por unos dibujos de lo más inquietantes. La obra tenía el curioso título de Madrugadas.
El autor —supuse que el propio Lord Canabal— narraba los peligros que conllevan las primeras horas del alba, a partir de observaciones recopiladas en sus múltiples viajes.
Ya en el primer capítulo, acompañado de unos bocetos que mostraban seres horripilantes, de dientes afilados y porte aristocrático, hablaba de los vampiros de la región de los Cárpatos. Criaturas que, según él, no temían al sol como suele creerse, sino a la transición entre la noche y el día: ese umbral nebuloso donde la lógica humana aún no ha despertado por completo. Según el difunto, aquellos seres vivían gracias a la succión de la sangre virginal de las doncellas.
El siguiente, detallaba a los hombres lobo, moradores de los bosques umbríos del norte de Alemania, cuyas transmutaciones a la luz de la luna llena había podido contemplar en directo. En las imágenes podía verse un ser mitad humano, mitad lobuno, con un aspecto desgarrador, en plena conversión. Los dibujos parecían tan reales, que eran capaces de evocar incluso la energía latente del momento.
El tercer capítulo no era menos interesante. Narraba los ritos al dios pagano Moloch, cuyos acólitos inmolaban niños al amanecer. Venerado en la antigüedad, su culto continuó a lo largo de los años, perpetuado por sociedades secretas que mantenían el fuego inmortal del primer sacrificio realizado en honor de aquella implacable deidad. La sangre de las desgraciadas víctimas se deslizaba sobre los grabados arcanos de un altar pétreo.
Comenzó a oscurecer. Encendí una lámpara y proseguí con la lectura de aquel inquietante grimorio. También me serví una copa de brandy —un añejo néctar, también proveniente de los dioses— dejando la botella a mano. Pensé que, a esas alturas, no le iba a importar a mi antiguo mentor.
Los capítulos cuarto y quinto estaban completamente dedicados al mismísimo Averno y sus engendros. No voy a aburrir al lector con la larga lista de demonios, súbditos y lugares infernales, pero les aseguro que, según las descripciones de Lord Canabal, como Dante, daba la sensación de haber sido transportado hasta los mismos pies de Satanás. En una de las múltiples descripciones de este último, lo representaba con apariencia humana: un dandi de pelo cano engominado, atractivas facciones y ataviado con un elegante frac, con chistera incluida. Los únicos detalles malignos eran un diente de oro, de aspecto desgastado, un bastón del mismo metal —forrado con piel de serpiente— y una mirada abrasadoramente hipnótica.
El mayordomo interrumpió mi atenta lectura para comprobar si quería cenar algo. Lo despaché con amabilidad, indicándole que no. Cuando el reloj de péndulo dio las doce, me sumergí en un intrigante capítulo sobre las actividades paranormales de algunos fantasmas, especializados en aparecer entre las nieblas matutinas de los caminos. Hablaba del reconocido jinete sin cabeza, la niña del bosque, el grupo de piratas en busca de tesoros imaginarios jamás encontrados… Había otros menos conocidos, pero no por ello menos relevantes, como la suicida condesa d’Orsy, que vagaba en pena por la pérdida de su único hijo.
No puedo asegurar el momento exacto en que caí rendido, con el libro aún en mi regazo. De madrugada, una sombra apagó la lámpara y susurró, despertándome:
—Veo que ha descubierto usted mis secretos...
No sabía quién hablaba. Quise suponer que era el mayordomo, pero el tono de aquella voz me resultaba aún más familiar. La habitación, ahora sumida en sombras, olía a muerto. Entonces, una figura pareció materializarse ante mí: Lord Canabal.
No me pregunten si era su espíritu... o su verdadero cadáver, que tras resucitar había ascendido de las profundidades del camposanto. Enmudecí, pero el espectro intentó tranquilizarme:
—No tema. No va a ocurrirle nada. Necesito recuperar algo y luego me marcharé. Para usted no supondrá más que el haber tenido un mal sueño.
No recuerdo nada más, pero al despertarme, sobre las once de la mañana, el libro había desaparecido y también la botella de brandy…
Nunca pude dilucidar si Lord Canabal fue un brujo, un miembro de alguna secta secreta, un docto ocultista o, simplemente un loco con buena pluma. A veces, también dudo si el libro existió o todo fue fruto de un elaborado sueño. ¿Pero de la botella qué podemos decir?
©Daniel Canals Flores 2025

