Esta es una historia, no de desamor, sino todo lo contrario: es una historia de amor, de amor real, de amor presente y de amor intenso. Pero no es como cualquier historia que han leído. Es una historia de amor real, sí, pero no es bidireccional; es un amor que emana solamente en una dirección, un amor que no tiene viaje de regreso.
Pero eso no quiere decir que no sea amor, y mucho menos que no sea verdadero. Pues aún con estas características es amor puro y real.
Todo comienza como cualquier otro día. Un día normal en la rutina, una jornada llena de costumbre y de monotonía.
Él se encontraba, como cada mañana, alistándose para ir a entrenar.
Él es una persona que entiende, desde que tiene memoria, que puede amar de verdad, sabe que no se guarda los sentimientos para sí mismo, porque cuando algo se siente de verdad, simplemente necesita ser expulsado con intensidad y con autenticidad. Cuando algo se siente de verdad habla el alma, desde lo más profundo de su existir.
Lo que ese día tocaba entrenar en el gimnasio no era significativo comparado con lo que la vida tenía planeado. Pues así, sin necesidad de buscarlo, desde un punto sin carencias, ese día alguien se cruzaría en su camino. Y ese alguien lo haría temblar como jamás lo había imaginado.
Era un sentimiento conocido, pues a lo largo de su vida un par de personas pudieron hacer despertar en él esa misma sensación, pero esta vez era diferente. Por todo: por el contexto, por el momento, por su estado emocional, por la etapa que estaba viviendo.
Finalmente, lo que ocurriría esa mañana, el impacto que ocurriría en Él, no tendría precedente. Y no podría predecirse ni adivinarse.
Mientras Él estaba tranquilo, viviendo el momento que el gimnasio te da, concentrado en la serie en cuestión, para ejecutarla de una forma impecable, con buena técnica y al fallo, sin tormento alguno. Fue en ese momento de trance mental cuando de repente, en aquel día soleado, con olor a cuerpos entrenando y música en sus oídos, aislado, sin poder percibir el sonido de la realidad que lo rodea, Ella se cruzó en su camino.
Casual, en su mundo, en su propia música, igual, aislada del sonido y del ambiente del lugar, concentrada en una sola cosa: entrenar.
Él la miró. Llamó su atención. No era cualquiera; destacaba entre las demás chicas del gimnasio. Él inevitablemente abrió sus ojos ante su presencia. “Qué interesante chica”, pensó.
Y así como llegó el reconocimiento y la notoriedad, desde esa misma espontaneidad se fue.
Él continuó con su rutina, con su música, con su mundo. Aislado del sonido natural del lugar. Ahogado en sus motivaciones y en sus pasiones.
Mas tarde, ya fuera del lugar de entrenamiento, en su rutina vespertina. Él se encontraba pleno, de lleno de vida, tenía una vida ya hecha y creada: un trabajo estable, una pareja “no tan estable”, pasatiempos que le quitaban mucho de su tiempo libre y que se estaban convirtiendo en algo más que eso. Él estaba viviendo sin carencias y sin necesidades.
Estaba centrado en sus proyectos de vida, en sí mismo, amando la vida y amando su existencia.
Fue así como, de la nada y sin previo aviso, como si la vida quisiera recordarle un destino que aún no comprendía, se topó con una foto de aquella chica. La misma que había visto unos días antes en el gimnasio.
Inmediatamente captó su atención. “Ah, mira, es la misma chica del gimnasio”, pensó.
Y sin darle demasiada importancia, siguió deslizando entre publicaciones, dejando que el algoritmo y la costumbre lo llevaran.
Mientras tanto, su mente divagaba entre pendientes y distracciones: cómo resolver los problemas del trabajo, qué rutina de entrenamiento haría al día siguiente o qué nuevo conflicto lo esperaría en casa. Nada fuera de lo habitual.
La vida seguía su curso, igual que siempre. O al menos eso parecía.
En otra ocasión, y como probablemente iba a ser costumbre, Ella se volvió a cruzar con él, ahí en su lugar seguro: aquel lugar rodeado de gente que se la pasa concentrada en su propio mundo, para entrenar el cuerpo y la mente.
Otra vez él notó su presencia, e inmediatamente captó su atención.
Esta chica irradiaba un aura que resonaba con él.
En ese momento no tenía idea de lo que era, solamente sabía que alguien, había logrado algo sumamente complicado, en un lugar en el que normalmente estás centrado en ti, aislado de la gente a tu alrededor, había logrado romper con el círculo vicioso de la indiferencia y lo cambio por algo más poderoso, su presencia.
La vio. La notó. La reconoció.
“Hay muchas chicas bellas en este lugar, pero ella... ella tiene algo más”, reflexionó mientras aumentaba la concentración, subía el volumen de sus audífonos, activaba la cancelación de ruido y continuaba con el entrenamiento del día.
En una ocasión, estando ya tranquilo después de un día agitado de trabajo, de pasar un rato en distracción activa con su pasatiempo favorito, y de una que otra “no muy agradable conversación —por no decir pelea—” con su pareja, él se encontraba de nuevo procrastinando en redes sociales, cuando Ella volvió a aparecer en su feed.
Él inmediatamente la notó, pero esta vez no se quedó en “ah, es la chica del gimnasio”. Esta vez, la curiosidad alcanzó un nivel más, y pasó por todas y cada una de sus historias activas en ese momento. Contemplándola. Conectando con algo en ella.
Entonces notó algo que cambió el rumbo de todo: una publicación sencilla, pero que demostraba exactamente lo que había notado aquel día en el gimnasio.
Esa chica tenía algo más, y eso era un aura hermosa, una vibración en otro nivel, una resonancia con la vida, una energía magnética que probablemente estaba conectando y resonando con su propia energía.
Una sensación de conexión distinta a lo que jamás había sentido.
Y ella solamente estaba proyectando algo tan sencillo en su historia, tan simple como una lectura y una taza de café.
Pero en él —que tiene como pasatiempo importante la escritura, y quien tiene proyectos literarios ya publicados y en construcción— sabía que no era una simple imagen.
Proyectaba independencia, admiración y un gusto compartido. Una compatibilidad de energías.
Sin pensarlo, sus dedos se dirigieron al corazoncito de aprobación que está ahí, justo al alcance, y también al ícono que se usa para mandar un mensaje directo.
Con la incertidumbre de si tuviera activada la opción de mensajes, y con asombro al descubrir que sí lo estaban, con serenidad, con autenticidad y sin buscar nada a cambio, escribió: “Me encanta tu vibra, tu aura. Eso es todo lo que se necesita: un buen libro y un buen café”.
Y presiono enviar.
Y la vida continuó.
Pocas horas después, un sonido despertó la atención de Él. Era un sonido ya conocido por todos, un sonido familiar que, sin pensarlo, notamos todos los días en nuestra rutina diaria. Pero esta vez, el sonido de la notificación de un mensaje de respuesta era diferente.
Él notó que se trataba de Ella, y no podía creer que había tenido un mensaje de vuelta, pues es común que la gente desconocida no vea o no conteste mensajes en redes sociales.
Pero algo era distinto en esta ocasión. Y con toda la serenidad del mundo abrió la notificación, vio su nombre —“Ella”— lo que leyó fue sencillo, pero a su vez poderoso: “No existe mejor plan.”
Él tomó aquel mensaje como una muestra de autenticidad pura, como si dijera: “Claro, aquí estoy, vibrando fuerte y bien. Gracias por notarlo.”
La rutina del día continuaba. Él estaba concentrado en su trabajo, en sus proyectos como escritor y en su vida diaria. Sabía que una parte importante de su personalidad era el bienestar físico, por lo que su rutina de gimnasio era parte fundamental de su vida. La alimentación balanceada y la vida saludable también. En general, el estilo de vida de alguien que cuida su cuerpo y su salud estaba bien impregnado en su ser, en su existencia.
El gimnasio era su lugar seguro.
Ahí toda la energía acumulada, toda la tensión del día a día, se traducía en fuerza, disciplina y técnica. Y como cualquier otro día, Él estaba ahí, concentrado, dando todo lo que debía dar y centrado en sí mismo. Cuando algo…como si fuera una señal de energías, como si el ambiente en el cuarto cambiara de repente con la llegada de alguien… algo cambio en el ambiente del lugar, Ella estaba ahí.
Con una mezcla de curiosidad y emoción, intentó continuar con su rutina como si ese cambio en el ambiente no lo hubiera notado. Pero era imposible no notar la presencia de Ella. Era algo que ahora, después de un intercambio de un mensaje significativo, ya no era igual.
Intentó sin éxito despegar la atención, no mirarla, no pensar: “¿Me reconocerá?”. Y con su intento más débil de disimular, continuó con su rutina. Ella, sin embargo, parecía notarlo ahora. Una mirada breve y sutil le hizo pensar a Él que tal vez sí lo reconocía, que tal vez sí lo notaba.
Una mirada breve, pero que podría decir entre líneas: “Ey, te reconocí.” Pensaba Él mientras continuaba con un intento pobre de disimular. Al final, la rutina terminó, la energía se agotó y había que continuar con la vida misma.
Una tarde, Él se encontraba trabajando en un proyecto.
Tenía aproximadamente tres horas escribiendo, construyendo una historia que, para ese punto, ya tenía vida propia en su mente y que estaba materializando físicamente en una historia hecha y derecha. Estaba completamente conectado con su faceta de creador.
Entonces, como ya era costumbre, en redes sociales volvió a salir una chispa de aquella chica que tanto había llamado su atención. Ahora con otra faceta que no conocía hasta entonces: una faceta pasional, entregada, con sentimientos intensos. Tras pensarlo por varios minutos y con la duda de si sería una buena idea. Él decidió darle clic a ese botón que muchas veces da miedo en cualquier sociedad digital: el botón de “Seguir”.
Sin pensar realmente en lo que pasaría después, solamente queriendo tener más cerca esa energía que Ella representaba, ese sentir que vibraba tanto con el de Él.
Y sin imaginarlo, emergió algo. Algo que lo sorprendió, pero que lo hizo sentirse vivo: un “seguir de vuelta.” Ahora se reconocían en la vida digital.
Con un poco de miedo sobre lo que Ella fuera a encontrar en sus redes sociales —porque son un reflejo de su existencia—, sabía que lo que está ahí es un reflejo de su vida: sus proyectos, sus lecturas, su trabajo, su entorno social.
Su perfil no mostraba otra cosa más que el reflejo de Él: disciplina, pasión por el deporte, pasión por la familia, alguien que no busca ser el centro, sino que simplemente es, que está presente.
Pero ese miedo también iba dirigido hacia algo: sabía que dentro de todo eso positivo, dentro de esa imagen que podría proyectar ahora que sus redes sociales estaban completamente abiertas a los ojos de Ella, estaba la pareja. Presente, como parte de la vida de Él. Y no era para menos, pues todavía tenía presencia.
Lo pensó por unos momentos, pensó todo lo que conllevaba ahora que Ella tenía la puerta abierta a su vida digital, pero al poco tiempo se dejó llevar por el sentimiento y se encontró navegando por las aguas de sus redes sociales, admirándola.
Sus redes sociales transmitían esa misma energía: pasión. Algo que Él veía reflejado en su propia energía. Transmitían pasión por el deporte, pasión por la familia. Alguien que es capaz de sentir al máximo, de sentirse con propósito y ser solo eso: existir.
Parecía que su intención es que el mundo aprenda a admirar la belleza ese estilo de vida representa.
Él vio un espejo, un reflejo.
Se veía en el deporte, en la lectura, en el cuidado personal, en la energía que se transmite en casa, en la familia. Y entendía que eso especial que había llamado tanto la atención en Él no era más que una sinergia de energías.
Una posible compatibilidad de auras, que no podría sentir de otra manera. Más que con respeto, admiración, y ahora, con una chispa encendida que parecía estar creciendo cada vez más.
En una ocasión, navegando por el mar de emociones que le provocaban las redes sociales, se topó con una publicación interesante. Sintió una conexión emocional inmediata, de esas que no se explican, pero se sienten. Y, movido por esa chispa, decidió escribirle un mensaje directo. Esta vez, sí lo hizo con la intención clara de recibir una respuesta.
Hablaron de una pasión en común: la literatura.
De lo que representaba para cada uno de ellos. Hablaron de las historias, y de lo que es y lo que se siente estar presente en una buena lectura. Fue una tarde de mensajes directos que iban y venían a un ritmo lento, pero presente. Fueron pocos mensajes pero que quedaron grabados en El.
Se quedó con un gran sabor de boca al ver que podía tener un tema de conversación con Ella. De hecho, Él pensaba que podría tener muchos temas de conversación con Ella, desde lo más cotidiano de la vida, como “¿qué comiste hoy?”, hasta lo más profundo y reflexivo, como “¿por qué siento tan intensamente?”.
Él se dio cuenta de que, aunque su interacción era solo digital, algo en Él estaba despertando. Algo que se sentía bien. Y se quedó con esa sensación de bienestar. De que algo se sentía bien.
Días después, Algo sucedió, algo tomó forma dentro de Él, en el momento en que se volvieron a encontrar. Coincidieron ahora en un lugar no tan común para ambos. Un lugar que parecía que no era coincidencia, sino como si el universo se hubiera alineado solamente para que estuvieran el mismo día, a la misma hora, en ese lugar.
Un gimnasio al que ninguno frecuentaba con regularidad se convirtió en el escenario de la coincidencia que encendió todo en Él. Bastó una milésima de segundo para notar su presencia. Ella ya estaba ahí, cuando Él llegó al lugar.
Fue entonces cuando comenzaron los síntomas corporales, esos que salen ante la presencia de alguien que tienes enfrente, alguien especial. La respiración algo agitada, el corazón latiendo con fuerza, un sudor de nervios apoderándose de su cuerpo y la menta dando vueltas sobre cómo actuar o como se veía.
Pensaba en todas las posibilidades que existían y en cómo la interacción podría salir mal. Él lo notó. “Esto no es normal, no es normal sentirme así…”, pensó. Respiró profundo, controló la respiración y enfrentó la decisión que debía tomar.
Se preparó para acercarse. En realidad, no tuvo que hacerlo. Ella estaba ahí, simplemente existiendo. Y entonces, sus miradas se cruzaron.
Ella dibujó una sonrisa natural en su rostro, una sonrisa que le dio seguridad al caminar. “ya me notó” Pensó.
Se acercaron, se saludaron con un beso en la mejilla, y por fin habían roto la línea de lo digital y lo físico. Ahora Él podía verla de verdad. Se había convertido en alguien con quien podría acercarse de manera natural, sin ser incómodo o invasivo.
Podía notar esa validación, como si Ella le comunicara con su lenguaje corporal: “Ey, estoy aquí, puedes acercarte.”
La comunicación fue normal, como cualquier conversación de gimnasio: un saludo breve y una pregunta sencilla:
—¿Qué te toca hoy?
—Me toca pierna.
Un intercambio de miradas y de gestos acompañaron esa breve interacción, y un cierre común:
—Bueno, te dejo, que hay que comenzar.
Eso fue suficiente para que una bomba química, emocional y física explotara dentro de Él. Su alma había hablado.
Era la mitad de la rutina, y en lo único que Él podía pensar era: “¿Dónde está? ¿Qué está haciendo? ¿Me estará mirando?” Todo mientras una levantada inesperada de energía y fuerza tomaba el control del entrenamiento del día.
Ese día, Él levantó más peso, hizo las rutinas con más intensidad, y el cuerpo logró liberar algo de la tensión continua que traía.
Fue hermoso.
La sensación, desde algo emocional hasta algo físico, fue completa.
Y justo en esos momentos, con esas emociones a flor de piel, Ella, desde el otro lado del lugar, tomaba camino hacia la salida.
Era momento de partir, pero antes de eso, y a medio camino, su mirada se levantó, conectó con la mirada de Él por un segundo y, de nuevo, una sonrisa pequeña se formó en su rostro. Seguido una despedida a la distancia tomó forma.
Él intentaba replicar lo que Ella hizo: sonrisa mínima, pero real, y una despedida con la mano. “Qué linda, sí se despidió de mí”, pensó, mientras su cabeza daba miles de vueltas antes intentar volver a la concentración habitual del día.
Al final, la música, los audífonos y la rutina retomaron su lugar. Pero…fue un punto de no retorno.
Ahora, para Él, todo parecía estar vinculado a Ella. Sus pensamientos giraban en torno a su figura, a lo que representaba, a esa presencia que encontraba espacio entre el trabajo, la rutina de pareja y los momentos de escritura. Ella siempre aparecía. Siempre encontraba la forma de colarse en su mente. Y ese espacio que habitaba en Él le generaba una mezcla única de calma y emoción.
Se imaginaba en distintos escenarios con Ella: salir un día a hacer algo que ambos amaban, como leer un libro y tomar café, sin necesidad de hablar, solo compartiendo el silencio. Imaginaba la intimidad en la quietud, esa complicidad sin palabras que se da cuando basta con estar.
También la imaginaba escribiéndole de pronto, sin previo aviso, con una invitación extraña pero perfecta: “¿Quieres ir a correr conmigo y ver el amanecer?”. La idea le parecía luminosa; correr a su lado, simplemente disfrutar el momento, la energía compartida, la vida. Disfrutar de Ella.
A veces su mente iba más lejos: conversaciones largas, profundas, más allá de un simple “hola, ¿cómo estás?”. Imaginaba hablar de proyectos, de sueños, de creencias y de miedos. En cada escenario se veía ahí, escuchándola con atención total, pensando: “Cuentas conmigo para lo que sea. Con esa energía que tienes podrías ir al cielo y regresar tú sola, pero si estoy ahí para acompañarte, para darte un empujoncito, no estaría mal”.
La imaginaba compartiendo su pasado, sus gustos y sus desencantos, y veía en todo ello un reflejo de sí mismo, una resonancia, una danza de energías en sinergia magnética. Eso era lo que lo tenía tan cautivado: esa sensación de conexión que creía única, inevitable.
Pensaba que sus encuentros podían significar algo más profundo, más intenso. Como si dos almas perfectamente compatibles hubieran coincidido al fin, chocando con una fuerza suave pero imposible de ignorar. También se imaginaba escenarios más simples, pero igual de significativos: lograr algo importante y querer compartirlo con Ella, ver su sonrisa orgullosa, sentir su admiración sincera.
Un logro que merecía celebrarse con unos tragos, en un bar elegante y con alma, donde la conversación fluyera entre la vida, el amor y esa forma intensa de sentir que los unía. Un lugar donde el mundo quedara afuera y solo quedaran Ellos. Y después, por qué no, imaginar que la noche avanzaba, que las copas y la confianza los llevaban a una cercanía nueva, no solo mental ni emocional, sino física, una conexión genuina, natural, que no necesitaba explicación.
Pero todo eso ocurría solo en su mente. Eran fantasías, sí, pero no vacías. Eran proyecciones de lo que sentía capaz de ofrecer: acompañar sin poseer, compartir sin controlar, ser ese tipo de presencia que no invade, que solo camina al lado.
Y mientras tanto, la vida seguía. La rutina también. Como si nada pasara, aunque por dentro, pasaba todo.
Él continuaba presente en redes sociales, subiendo su rutina del día y su día a día, simplemente siendo Él, dedicándose a su proyecto y a sus pasatiempos. Ella siempre estaba ahí, presente en cada publicación, en cada historia, viendo desde la distancia digital, pero presente.
Y Él sentía esa presencia.
Sentía que estaba siendo observado por alguien que le importaba, por alguien que se había ganado —o más bien, ya tenía ganado— un lugar en sus pensamientos diarios. Cada que Él subía algo a sus redes sobre su vida y sobre su ser, si Ella estaba presente, era suficiente para continuar con la mejor energía y la mejor vibra del mundo.
Y Él sentía que hacía lo mismo: que también estaba presente en el día a día de Ella, en su espacio digital.
Parecía un vaivén de emociones que llenaba la cabeza de Él con felicidad, reconocimiento y bienestar emocional y físico.
Y claro, un par de mensajes fueron intercambiados en ese contexto: un comentario pequeño sobre lo que compartían y una reciprocidad amable, pero presente.
Eso era suficiente para alimentar la mente creativa de Él, disparada en su máxima expresión.
Sin embargo, Él notaba algo que lo mantenía sobre pensando: siempre era Él quien abría el camino a la interacción.
Él era quien mandaba el mensaje directo primero. Y aunque Ella siempre fue receptiva, Él quería saber si Ella también sentía algo de esa compatibilidad de energías. Pensaba que, si ese fuera el caso, si Ella tendría que dar ese primer paso hacia una interacción. Él pensó que debía hacer algo en su día a día que llamara su atención.
Algo que fuera casi imposible resistirse a comentar, o al menos reaccionar con un “me gusta”, sin que eso fuera invasivo.
Después de todo, Él sentía que la compatibilidad era real y que podría ser intensa y mutua. Sería solo cuestión de tiempo para que Ella mostrara ese primer paso, ese interés que confirmara lo más obvio.
Fue así como las expectativas aumentaron porque Él tenía un evento importante, y estaba seguro de que las interacciones en redes sociales subirían un poco de tono en cuanto Ella se diera cuenta de lo que hacía.
Él pensaba que, en cuanto Ella notara lo que empezaba a compartir, por fin se daría cuenta de su compatibilidad, de su reflejo, de sus gustos compartidos… de esa sinergia de energías y emociones que tanto sentía.
Pero justo en medio de aquel logro —ese proyecto personal que estaba seguro marcaría un antes y un después—, Ella desapareció.
Su presencia se esfumó de las publicaciones, de las historias, de todo rastro digital. Como si, intencionalmente, necesitara marcar distancia.
Y entonces, Él empezó a sentir un vacío. Porque su reaparición constante, esa presencia casi invisible pero habitual, ya no estaba. Seguía subiendo fotos, compartiendo cosas que, en su mente, resonarían con Ella… pero ahora todo parecía tener una marca silenciosa: su ausencia.
De un momento a otro, Ella ya no estaba ahí para ver lo que hacía. Simplemente desapareció. “¿Por qué ya no ve mis cosas?”, pensaba Él. “¿Por qué de un momento a otro dejó de estar ahí?” reflexionaba, mientras su cabeza generaba muchas ideas sobre lo que Ella podría estar pensando.
Y de nuevo, su mente comenzó a crear un sinfín de contextos distintos tratando de leer la situación:
“¿Y si ya no me ve porque descubrió algo en mí que no le gustó?, ¿Y si ya no me ve porque sintió algo y está protegiéndose emocionalmente de lo que sintió?, ¿Será que Ella está pasando por un proceso personal que la hace deliberadamente no ver mis publicaciones ni mis historias?, ¿Será posible que la hice sentir algo que la tomó por sorpresa y, por eso, decidió poner ese límite?”
Y la pregunta clave que no dejaba de pasar por su cabeza: “¿Soy solamente yo? ¿Es solo mi idea de conexión, de compatibilidad? ¿O realmente Ella también sintió esa sinergia de energías y ahora está marcando límites?”
Todas esas preguntas rondaban su mente, pensando en un sinfín de escenarios posibles, donde siempre resultaba muy raro creer que, después de los mensajes intercambiados, de las interacciones breves en el gimnasio, y de las pasiones y gustos compartidos, de un momento a otro, simplemente se esfumara.
La idea le retumbaba en la cabeza todo el tiempo, a todas horas.
La ausencia lo hizo entrar en un momento de incertidumbre, de vacío, y de querer tener los superpoderes de un superhéroe de historietas para poder leer la mente de Ella y saber exactamente lo que pensaba.
Entraba a sus redes sociales y no hacía más que confundirse.
El contenido que Ella mostraba era el mismo de siempre: cargado de fuerza emocional, de pasión, de admiración, y de proyectos personales. Y lo único que eso levantaba en Él era ese sentimiento de aprobación, de admiración y de respeto.
Pero seguía sin respuestas.
No pensaba en otra cosa más que en las respuestas a esa indiferencia digital. Pero no quedaba de otra. Él tenía que seguir. Tenía que continuar con su proceso de aceptación y de maduración emocional
Las interacciones en persona no habían cambiado mucho de rutina. Y no hacían más que confundirlo.
Siempre estaban ahí, los dos, compartiendo el mismo espacio en un ambiente conocido para ambos, rodeados de gente que va y viene. Pero, en cada encuentro, en cada cruce de miradas, siempre estaba esa sonrisa amigable y ese saludo sutil, que abrían más preguntas que respuestas.
Trataba de adivinar qué es lo que pensaba al verlo, qué es lo que pensaba al saludarlo, al sonreírle; qué es lo que pensaba cuando notaba su presencia.
En persona, siempre estaba ese juego de miradas: entre serie y serie, la mirada que se queda más de dos segundos viendo. Mientras Él hacía su rutina con toda la fuerza, mientras Él completaba su serie con concentración, Ella lo observaba, girando la cabeza justo en el momento adecuado para no tener contacto visual.
Él notaba también esa sonrisa leve, como de reconocimiento, o una sonrisa tímida, como si el cuerpo supiera cosas que la mente estaba reprimiendo.
Eso hacía más rudo el torbellino en la cabeza de Él:
“Me mira, pero retira la mirada justo cuando me doy cuenta; ¿me mirará por los espejos y me mirará de lejos, cuando cree que no la veo? Y, aun así, no sé qué es lo que siente. Su ausencia digital es una cosa, pero su mirada presencial es otra.”, reflexionaba Él.
En medio de estas interacciones de miradas, de gestos, de lenguaje corporal que probablemente lanzaba una señal sutil pero existente, Él no pudo contenerlo más.
No pudo reprimir el sentimiento de querer tener un acercamiento más estrecho, más íntimo, y entonces, con la determinación y seguridad que lo caracterizan, se acercó.
No se acercó con otro plan más que el de una plática casual, una plática normal de pasillo y un saludo habitual.
Y lo logró. Cuando se acercó a Ella, no notó rechazo. No evitó su mirada ni intentó alejarse. Lo recibió con amabilidad, con esa calma que desarma, sin ningún lenguaje corporal negativo. Al menos, así lo sintió Él.
El saludo fue normal: un beso en la mejilla y una pequeña conversación natural.
—¿Cómo has estado? —preguntó Él.
—Bien, acá empezando la rutina. ¿Ya terminaste? —respondió Ella.
—Sí. Fue un día pesado y tengo que irme a trabajar, ya sabes… lo de siempre.
—Me da gusto. ¿Pero no crees que ya es algo tarde para el trabajo? —bromeó Ella.
—Jaja, sí. Pero puedo trabajar desde cualquier lugar, así que no hay tanto problema—contestó. Él.
—Qué cómodo, y qué bueno que puedas andar acá con justificación —añadió Ella, sonriendo.
—Sí, claro. Ya estoy muy acostumbrado a esto. Bueno, te dejo para que continúes—cerró Él.
Eso fue todo: una interacción sencilla, natural, una conversación de pasillo como tantas, pero que para Él significó mucho más. Se sintió liberado. Como si, por fin, hubiera podido soltar una tensión que lo acompañaba desde hacía tiempo.
Ella no mostró signos de incomodidad, mantuvo el respeto y la naturalidad. Y eso, para Él, fue suficiente. Suficiente para seguir su día con una energía nueva, con una sensación de ligereza y optimismo.
Sin embargo, después de ese encuentro, la distancia tomó forma. Ya no volvió a verla en el gimnasio. Los encuentros dejaron de suceder. Era como si la desconexión de las redes se hubiera trasladado a la vida real.
Y eso, inevitablemente, le removió todo por dentro.
Quería entender. Quería comprender por qué había sentido una conexión tan profunda, tan intensa. Y por qué, aun sintiéndola, Ella ahora estaba ausente.
Comenzó a analizar su entorno: “Es normal que se alejara”, pensó. Ella sabía que Él tenía una relación, aunque no conocía las circunstancias ni lo mal que Él lo estaba pasando. Pero desde afuera, la imagen hablaba por sí sola.
También estaba la diferencia de edad: diez años no son pocos, aunque tampoco significan nada cuando dos personas conectan desde un lugar genuino.
Él entendió que quizá Ella también sintió algo, al menos un poco, pero que la conciencia y la razón se impusieron sobre el impulso.
Y lo único que Él anhelaba, en el fondo, era una cosa: que Ella no se sintiera incómoda.
Podía aceptar cualquier escenario posible —la distancia, el silencio, incluso la indiferencia—, menos ese. Porque lo único que realmente le dolería sería saber que su presencia le resultaba incómoda.
Entendió que tal vez no era el momento de continuar con una conexión como la que estaba sintiendo; entendió que probablemente su contexto social no era el óptimo para querer conocer a alguien nuevo.
La fantasía y el sentimiento se vinieron abajo. De repente, ya no eran unas ganas de conectar: eran unas ganas de entender.
Pero entre todo lo que sentía, y entre todo lo que Ella le movía, entendió que tal vez no era el momento. Que quizá las conexiones tan fuertes y tan genuinas necesitan tiempo para poder florecer.
O tal vez nunca lo hagan.
Y está bien.
Porque esas conexiones no siempre llegan para quedarse; a veces llegan solo para mostrarnos algo. Para recordarnos quiénes somos. Para recordarnos que estamos vivos. Y que todavía somos capaces de sentir tan fuerte, tan profundo, tan real.
Existe una injusticia en esta vida, y es esta: una persona puede sentir algo profundamente intenso por alguien, y esa otra —la que recibe toda esa atención silenciosa— puede pasar su vida entera sin saberlo.
Sin saber que hubo alguien que pensó en ella todos los días, que la imaginó en sus escenarios más simples y más bellos, que soñó con compartir una vida, con reír, con acompañar, con estar. Esa persona puede ser cualquiera, y nosotros también podemos serlo.
Cuántas personas pasan a nuestro alrededor y nunca sabremos lo que sienten. Tal vez alguna de ellas lleva dentro un sentimiento hermoso, poderoso, nacido solo por habernos visto, escuchado o sentido un instante.
Esa es, quizá, la mayor injusticia del amor: el desconocimiento.
Y, aun así, hay algo profundamente bello en eso. Pensar que solo por existir, por ser quienes somos, por mostrar nuestras pasiones y virtudes, podría haber alguien —en silencio— que nos piensa, que nos siente, que nos imagina, que nos ama sin que lo sepamos.
Pero Él no es una persona que pueda reprimirse todos sus sentimientos, no es una persona que pueda simplemente callar lo que siente.
Si se siente algo con intensidad, Él es de la idea de que debe comunicarse, pero la forma de hacerlo es crucial.
Por eso, Él pensó en una manera de comunicar ese respeto y esa admiración por Ella: de forma sutil, cercana, no invasiva. El objetivo era claro: enviar un mensaje que hablara de respeto, admiración y apertura emocional.
Buscó en redes una imagen que pudiera transmitirlo, una frase que lo expresara sin necesidad de explicaciones. Encontró una que decía: “Las almas maravillosas se reconocen entre sí. Sigue teniendo esa energía hermosa; las personas adecuadas te encontrarán.”
“Es perfecto”, pensó Él.
Y entonces, desde la calma, desde la serenidad, sin esperar nada a cambio —como un acto de liberación personal y emocional—, pulsó el botón de enviar.
Podría haber pensado que no habría respuesta. Después de todo, habían pasado semanas sin interacciones en redes ni coincidencias en el gimnasio. Pero, igual que aquella primera vez —la del café y la lectura—, una notificación rompió el silencio.
La respuesta fue simple: “Gracias.”
Una palabra breve, pero que contenía mucho más que cortesía. Era un cierre. Un punto final disfrazado de alivio. Representaba la liberación de esa energía contenida, de esa necesidad de expresar lo que su cuerpo y su mente le pedían desde hacía tanto tiempo. Pero esto no era un fin. Era un hasta pronto.
Un cierre con la puerta entreabierta, por si algún día —cuando los contextos, las circunstancias y las emociones sean otras—, esa conexión encuentre el momento justo para florecer.
Desde la pasión.
Desde la ilusión.
Desde la intensidad que, en el fondo, nunca se fue.



