Ecos del Silencio
El viento corría helado por las colinas de Némora, un antiguo reino envuelto en un silencio casi eterno. La niebla densa cubría los caminos y los bosques, dejando tras de sí una sensación de abandono y misterio. A lo lejos, se alzaba la Torre de Orelian, una estructura de piedra oscura que, según las leyendas, guardaba un poder olvidado.
Nadie se atrevía a cruzar los límites del bosque de Althar. Los ancianos decían que aquel lugar estaba maldito desde que la Reina Erya desapareció sin dejar rastro, hace ya más de un siglo. Desde entonces, el silencio se había apoderado del reino. Los pájaros no cantaban, el río fluía sin emitir sonido, y hasta el crujir de las ramas parecía quedar atrapado en la bruma.
- ¿Por qué estás aquí? - preguntó una voz en susurros.
Kael se giró bruscamente. Había llegado hasta el corazón del bosque en busca de respuestas. Había oído hablar de los Ecos del Silencio, susurros que solo aquellos con un alma pura podían escuchar. Según los relatos, estos ecos eran fragmentos del alma de Erya, atrapada entre dos mundos.
- He venido a devolverle la voz a este reino - respondió Kael, firme, mientras sus ojos verdes brillaban con determinación.
El silencio se hizo aún más denso, como si el bosque lo escuchara y guardara sus palabras. De repente, una figura emergió de la niebla. Era una joven de cabello plateado y ojos grises, vestida con una túnica blanca que parecía flotar. Kael sabía quién era, aunque jamás la había visto antes.
- Soy Erya - dijo la joven, su voz resonando en la mente de Kael como un eco distante - . Llevo atrapada entre los ecos del silencio desde el día en que el hechizo cayó sobre el reino. Solo tú puedes liberarme.
Kael sintió un escalofrío recorrer su espalda. Todo lo que había escuchado era cierto. Sin embargo, no estaba preparado para lo que venía. La Reina le indicó que debía encontrar el Cristal de la Voz, un artefacto escondido en lo más profundo de la Torre de Orelian.
- Pero el cristal está custodiado por las sombras del silencio - advirtió Erya - . No podrás enfrentarlas con fuerza, solo con tu alma.
Kael asintió, decidido. Se adentró en la niebla cada vez más densa, siguiendo los latidos de su propio corazón como única guía. Al llegar a la torre, la oscuridad lo envolvió, y las sombras comenzaron a susurrarle, intentando sembrar dudas en su mente. Pero Kael no cedió. Con cada paso, el eco de su corazón resonaba con más fuerza, hasta que finalmente, en la sala más alta, encontró el cristal, brillante y puro como la luz del amanecer.
Cuando lo tocó, un estallido de sonido llenó el aire. El silencio se rompió y el bosque volvió a la vida. Las aves comenzaron a cantar, el río susurró su paso y el viento trajo consigo un murmullo de libertad. Erya apareció junto a él, ahora radiante, y con una sonrisa llena de gratitud.
- Has devuelto la vida a Némora - dijo ella - . Ahora, el reino podrá sanar.
Kael sonrió, sabiendo que aquella aventura era solo el principio. Los ecos del silencio habían desaparecido, pero nuevos misterios aguardaban en el horizonte.
Y así, con el sonido del bosque como testigo, Kael y Erya se encaminaron hacia un nuevo amanecer, dejando tras de sí el recuerdo de un reino que una vez habitó en el silencio.
Fin


